sábado 17 de abril de 2010

I have a dream.

A veces, antes de dejarme dormir pienso que no tengo sueño. Que cómo será eso del tiempo cuando uno mantiene a todos sus órganos vitales en silencio y al siguiente minuto, sin dar cabida a lo ocurrido, ya es un nuevo día, y pareciese como si en la calle de mi interior todo volviese a ponerse en obras.
En qué minuto empaté la canción de por la noche con la de por la mañana para que quedase tan raro y tan igual. No me doy cuenta pero, mientras duermo, ocurren cosas increíbles.
Nuestra mente pasa por cinco fases, más o menos, según la cantidad de cosas que nos sucedan en el día. Y resulta que hay gente que hace ruidos o entra el sol por la ventana y a mi me parece soñarlo todo el rato.
El cosquilleo en los dedos de la mano, ver con los ojos abiertos dormirse la palma de mi mano, el antebrazo luego, el brazo después. Un hilillo de baba cuelga de la comisura de mis labios y si me despertase ahora seguramente me daría un poco de vergüenza.
El pelo se vuelve un cuadro abstracto. El surrealismo no solo dentro de mi cabeza y es divertido cuando me levantaba con el cantar de un gallo y con su misma cresta.

En el sillón los sueños van y vienen pero los mejores son los que perduran inmutables en el tiempo un par de días, consolándome, porque al menos, en unos instantes de inconciencia, fui feliz completamente.
Completamente, segura.
Antes, mientras iba a la playa en coche siempre me imaginaba el final de los sueños que tenía. A menudo historias de amor conformaban parte y media de mi imaginación. Vivir mejor dentro que fuera y tener insomnio solo porque me cansa descansar.
Ahora soy un poco menos original y si duermo contigo, sueño contigo.
A veces te soy infiel en sueños de los que nunca hablaré. A veces lo eres tú conmigo.
Pero supongo que en ese punto del camino, no podemos rendirnos cuentas a las cosas que sí de verdad, no podemos controlar.

Una vez soñé con una chica de una película y me enamoré de ella. Yo era otra persona y hacía la mayoría de cosas que ahora no puedo.
Supongo que en algo tuvo que llevar la razón Freud. Enhorabuena.
A veces no sé distinguir mis sueños de las distintas realidades en las que ando metida últimamente.
Muchas veces no te digo todas esas cosas bonitas porque parte de mí aun cree que si apareces entre el movimiento de mis ojos descontrolados no es por otra cosa que porque tú, sincronizada, conectada, estás también soñando conmigo o intentándolo, al menos.
Es lo que últimamente hacemos, intentarlo.

Yo soy de esas de sueño ligero, de si me despierto, me despierto para siempre hasta que vuelva a caer y conmigo se viene todo el mundo.
No se hacer desayunos sorpresas porque o es demasiado temprano o ya es demasiado tarde. Quién sabe lo que pasa cuando se cierra el telón y comienzan los fuegos artificiales, o la imperturbable oscuridad del cosmos. Quizás desaparezcamos o quizás, en viajes astrales nos levantemos de pensamiento para cansar el cuerpo de realidades paralelas. Lo que nunca vimos, lo que nunca oímos, lo que nunca sentimos y aun así, lo siento tan parte de mí como mis ojos, como mis costillas.
Si es verdad, que lo es, que el mundo es solo el producto de la coincidencia de la percepción de muchas personas, sería en los sueños donde residiría la diferencia que nos hace únicos a los ojos del mundo. Somos diferentes porque soñamos diferentes y porque la realidad es realidad solo si sabes diferenciarla.
Es casi una especie de arte, de magia, de don. Yo nunca sé explicar la continuidad de mis sueños pero en la mente la historia se monta bastante bien.
Es genial ser personajes distintos cada noche. Actuar noumor.

Me da pena mi madre, que dice que nunca se acuerda de lo que sueña. Yo creo que directamente ella no sabe dormirse.

Total que resulta que el otro día dormí con pantalones y amanecí sin ellos.
He ahí el mensaje secreto de mi subconsciente.