Suponía que aquella mujer no cambiaría nada en su vida.
Ninguna, de hecho, fue lo suficientemente importante como para hacerle cambiar
de parecer. Sin embargo las huellas que cada uno guarda dentro de sí, son indelebles.
No. Suponía que sería como las demás veces. Por eso se
terminó por acostumbrar.
Estaba acostumbrado a sentirse vivo y muerto, feliz y
triste. Ninguna de las otras veces fue diferente. Siempre en su justa medida,
desbordaba cualquier tipo de sentir.
Porque, aunque aquella mujer no cambiara nada en él, estaría
por siempre en su memoria. De una manera u otra, también el pasaba por la vida
de esas mujeres. Bailaba el agua a más de una y más de una
acabó dejándolo sumergirse hasta el final.
Pero nada cambiaría sus ansias. Nunca fue suficiente para él
los pantanos a los que acostumbraba al cuerpo.
Aquellas mujeres no cambiarían nada en su vida y aun así se
estremecía con cada pestañear. No lo haría por mucho que él quisiera. Cambiar.
La manera de destrozarse a sí mismo. Ninguna mujer sería
capaz de calmar sus ganas, sus todos, sus para siempre. Ninguna mujer sería tan
eterna como él.
Solo dejó de amar una vez.
El resto de veces, fue el tiempo quien apaciguó el amor que
llevaba dentro.
No dejó de ser diferente ninguna de las veces. Ellas venían,
dejaban poblar sus muslos de promesas, enjuagar con su boca la vida. Se dejaban
ser y marchaban tal como venían.
Y nada cambiaba en él.
Excepto el vacío de una boca, de unas manos.
Esta vez no sería de otra manera, pensaba.
Está tan acostumbrado a estas mujeres, que ninguna sería
capaz de hacerle creer lo contrario.
-Para cuando vuelvas-decía-tenme preparada la cama.
Ella sonreía mientras se subía la falda.
-No nos vamos a enamorar nunca, por mucho que nos
queramos-proseguía.
Con la falda puesta e intentándose poner el sujetador ella
lo miraba tirado en la cama, aun desnudo, con pena.
Sabía mejor que nadie la de mares que había conocido aquel
hombre entre naufragio y naufragio.
-Yo me voy a enamorar de ti siempre que me deshagas la cama
como lo has hecho hoy.
Era fácil hacerlo feliz. Ella lo sabía. Como sabía también
que no cambiaría nada en su vida.
-Me estoy acostumbrando a tu piel. Me gusta tu piel.
Probablemente de todas las pieles que haya poblado la tuya es la mejor con
diferencia-le decía a aquella mujer mientras pensaba que aquello ya lo había
sentido antes.
Y no hubo nunca una piel que lo cambiara.
No por falta de ganas.
Probablemente fuera el tiempo.
-Mujer, un día nos casamos. Vendré con el mejor diamante que
hayas visto en tu vida, me arrodillaré y me dirás que sí. Te compraré una casa
donde haremos el amor en todos los rincones. Y ya muertos y viejos nos
acordaremos de cada rincón donde hicimos florecer el amor. Para toda la vida,
mujer. Ningún hombre más que yo te deshará la cama. Y nos amaremos. Para
siempre, mujer.
Y aun sabiendo que ninguna mujer cambiaría su vida, un día
volvió con ese anillo, se arrodillo y le pidió matrimonio.
Ella, con la cama aun sin hacer y a medio vestir hizo salir
a uno de aquellos tantos hombres de la habitación.
Lo besó a modo de respuesta.
Y así fue como encontró el mar donde en cada rincón floreciera
el amor, aunque fuera el mismo hombre de antaño. Era aquella mujer la que no
sería la de antes y eso era lo importante.
-Un día, mujer, te irás y ahí, mi amor, dejaré de ser del
todo yo.
-Calla la boca ya, hombre, y ven a arrugarme las sábanas, que
de aquí a que me vaya, va a pasar mucho tiempo.
La mujer se fue una mañana de invierno.
Comprendió entonces que ninguna mujer había sido capaz de
cambiarlo, porque ninguna se había quedado hasta el final.
-Para cuando vuelvas, tenme preparada la cama, mujer. Porque volverás y
me traerás al hombre que fui una vez, contigo, entre tus muslos.